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Un mundo nuevo, un cuerpo nuevo: la experiencia de ser cachorro en un hogar humano

Foto del escritor: Lorena Ayala
Lorena Ayala
17 mar
4 min de lectura

Desde mi experiencia con los compañeros animales con los que he convivido, no tengo recuerdos muy claros de los desafíos que enfrentan tanto ellos como los humanos cuando un cachorro llega a un nuevo hogar. La única vez que compartí la vida con una cachorra, yo misma era una niña. Fue mi mamá quien se encargó de acompañar y guiar a Chiquis en su integración a la familia.


Lo que sí recuerdo es que hubo un periodo en el que la casa dejó de estar impecablemente limpia como a mi mamá le gustaba. También recuerdo varios pares de zapatos mordidos que quedaron inservibles… y una pequeña cicatriz en la palma de mi mano que aún hoy me recuerda que hubo un tiempo en el que Chiquis jugaba bastante rudo con nosotros.


Ya de adulta, durante mucho tiempo pensé que la adaptación de un cachorro a una dinámica familiar debía ser más sencilla que la de un compañero animal adulto, especialmente si este último había atravesado situaciones difíciles o traumáticas. Me parecía lógico suponer que, al estar “recién llegado” a esta vida física, un cachorro tendría más facilidad para adaptarse a la rutina de su nuevo hogar.


Sin embargo, a través de mi trabajo como comunicadora intuitiva con animales, he podido ver que los cachorros también enfrentan desafíos importantes que los humanos podemos pasar por alto.


Si bien es cierto que llevan poco tiempo en el plano físico y que es menos probable que hayan vivido experiencias que nosotros consideraríamos traumáticas, también es verdad que están mucho más en contacto con su parte instintiva. Desde ahí exploran el mundo, descubren su cuerpo y aprenden a expresarse. Cuando esta etapa natural de desarrollo se encuentra con las expectativas humanas de la vida dentro de una casa, pueden surgir fricciones.


Estos son algunos de los desafíos más comunes que he observado en la convivencia entre humanos y cachorros, así como lo que ellos mismos me han compartido al respecto:


1. No hace del baño en los lugares designados

Al comunicarme con cachorros, varios me han explicado que su cuerpo aún no “les avisa” con suficiente anticipación cuando necesitan hacer pipí o popó. En muchos casos, sobre todo durante los primeros meses, el problema no es que no entiendan dónde deben hacerlo, sino que cuando sienten la urgencia ya no alcanzan a llegar o muchas veces ni sienten la necesidad y no se enteran de lo sucedido hasta que alguien les llama la atención.


2. Llora mucho

Aunque es natural que las madres biológicas comiencen a tomar distancia de sus crías después de cierto tiempo, su presencia sigue siendo profundamente reguladora para el cachorro. No solo representa guía, sino también seguridad y contención.


Cuando un cachorro llega a un nuevo hogar, pierde de golpe esa referencia. El llanto, entonces, no es solo “extrañar” en el sentido humano, sino un intento de llamar a la mamá biológica para volver a sentirse a salvo y regular su sistema nervioso.


Por eso es común que busquen sustituir esa figura, adoptando y siguiendo por todos lados a un humano o incluso a otro compañero animal del hogar. En esta etapa, puede ser útil acompañarlos con presencia amorosa, pero evitando proyectar sobre ellos etiquetas como “mi bebé” o “mi niño”, ya que esto puede generar confusión y apego a lo largo de su proceso.


3. Muerde todo (menos sus juguetes) o juega muy rudo

Aquí suelen confluir varios factores. Por un lado, la ausencia de la guía reguladora de su madre biológica. Por otro, el hecho de que están aprendiendo a habitar su cuerpo: no saben aún medir la intensidad de sus impulsos ni la fuerza de sus mordidas.


Además, muchos cachorros tienen mucha más energía de la que nuestro estilo de vida les permite liberar. Asimismo, es común que busquen a sus hermanos para jugar, explorar y aprender los límites del contacto físico.


En estos casos, es importante ayudarles a comprender amorosamente que los humanos y los demás compañeros animales no son sus hermanos, que pueden lastimar sin querer, y que los objetos dentro de casa tienen un valor especial para nosotros. Guiar su energía hacia los juguetes adecuados puede hacer una gran diferencia.


4. No respeta a los compañeros animales del hogar

Cuando hay una gran diferencia de edad entre los animales que ya forman parte de la familia y el nuevo cachorro, pueden surgir tensiones. Los mayores suelen tener menos paciencia y energía, mientras que el cachorro, desde su perspectiva, simplemente no entiende por qué los otros compañeros animales del hogar “no quieren jugar” o se “enojan” por todo.


Aquí es importante acompañar a ambos; a los mayores, pidiéndoles paciencia y a los cachorros, explicándoles —en la medida de lo posible— esta diferencia de ritmos y necesidades, ya que su referencia principal suele ser la convivencia con sus hermanos de la camada con quienes la energía es mucho más similar o con sus padres biológicos con quienes no suele haber mucha diferencia de edad.


Estos son solo algunos ejemplos de lo que puede surgir en esta etapa.

Más allá de las conductas, lo que he aprendido una y otra vez es que los cachorros no están “portándose mal” simplemente están aprendiendo a expresarse en el mundo físico y en el interior de un hogar que puede ser muy desafiante para ellos.


Y en ese aprendizaje, nuestra paciencia, nuestra empatía y nuestra disposición a comunicarnos con ellos pueden hacer una gran diferencia.


Cada caso es único, pero hablarles con amor, explicarles por qué les pedimos algo —o por qué necesitamos que dejen de hacer otra cosa— y abrirnos a escuchar su perspectiva puede transformar por completo su proceso de adaptación.


Abrirnos a la comunicación con los animales no se trata solo de enseñarles a vivir en nuestro mundo, sino también de permitirnos comprender, un poco más, el suyo.



 
 
 

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