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Los desafíos de la naturaleza que no siempre vemos

Foto del escritor: Lorena Ayala
Lorena Ayala
13 jul
3 min de lectura

Hoy platiqué con una mamá gorrión y me compartió que las lluvias están representando un gran desafío para lograr que sus crías crezcan y sobrevivan.


Por un lado, está el reto de conseguirles alimento. Tienen muy pocas horas de tranquilidad y de clima seco para buscar insectos para sus polluelos y, al mismo tiempo, encontrar un momento para alimentarse ellas también. Me transmitió que es un trabajo muy cansado.


Muy pronto, durante el día, comienza a llover y entonces su prioridad cambia por completo: regresar al nido para mantener a sus polluelos calientitos y secos. Sin embargo, esta tarea se ha vuelto cada vez más difícil por las lluvias intensas y el viento que mueve con fuerza los árboles. Por más empeño que ponen, muchos de sus polluelos terminan cayéndose del nido y ahogándose.


Le pregunté si las personas podíamos ayudarles de alguna manera y me respondió que sí. Una forma es dejándoles alimento de buena calidad, como semillas o un poco de carnita. No necesariamente pan; aunque agradecen cualquier gesto, hay opciones que pueden nutrirlos mucho mejor.


Después me habló de una segunda manera en la que podemos ayudarles, pero me pidió algo muy curioso: que hablara con los árboles donde viven.


Me explicó que ellos también están haciendo todo lo posible por ofrecerles un buen refugio, pero que, además del desafío del clima (ante el cual no podemos hacer nada), había otro aspecto en el que los seres humanos sí podemos marcar una diferencia. Sin embargo, me dijo que sería más fácil comprenderlo escuchando directamente a los árboles.


Entonces dirigí mi atención hacia un ficus, porque es el tipo de árbol donde con más frecuencia veo a los gorriones construir sus nidos.


El ficus me explicó que tiene muchos trabajos y que uno de los que más disfruta es cuidar a las aves que habitan entre sus ramas. Sin embargo, me dijo que esa tarea se vuelve mucho más difícil cuando los podamos tan seguido y de manera tan intensa.


En muchos casos los dejamos con muy pocas hojas, o mucho menos frondosos de lo que naturalmente serían. Al hacerlo, también dejamos más desprotegidas a las aves que viven en ellos y hacemos que sus nidos sean más vulnerables durante las tormentas. Esas hojas que muchas veces consideramos "de más" son precisamente las que ayudan a protegerlas de la lluvia, a mantener secos sus nidos y a disminuir la fuerza con la que el viento pasa entre las ramas.


Agradecí profundamente la sabiduría de ambos y les ofrecí una sanación tanto a los animales como a los vegetales.


Confieso que me quedé un poquito agüitada. Ellos nunca lo expresaron de esa manera, pero yo sentí que, muchas veces, nuestros caprichos les cuestan.


Evidentemente hay cosas que no podemos controlar, como el clima. Sin embargo, sí podemos elegir ser un poco más empáticos y permitir que la naturaleza "sea", sin intervenir más de lo necesario. Tal vez no hace falta podar un árbol únicamente porque tira muchas hojas, ensucia la banqueta o cae alguna sobre el coche.


A veces olvidamos que para nosotros un árbol puede ser solo un árbol, pero para alguien más, es un hogar. Considero que antes de decidir cuánto queremos intervenir en la naturaleza, vale la pena recordar algo muy sencillo:


Los árboles no solo son vida también están albergando vida.

Antes de podar el árbol en cuestión podríamos preguntarnos quién vive en él.


 
 
 

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