La confianza nace de la congruencia

Hace poco hablaba en un video de la importancia de ser congruentes para establecer un vínculo de confianza con nuestros compañeros animales. Mientras preparaba ese contenido recordé que la congruencia también fortalece la relación con nosotros mismos.
Anteriormente escribí que nuestro cuerpo es el animal más cercano que tendremos a lo largo de nuestra vida. Nos acompaña en todas nuestras experiencias, percibe nuestro entorno antes de que seamos conscientes de ello y trabaja día y noche para mantenernos con vida.
Hoy sabemos que nuestro cuerpo no solo responde a lo que ocurre en el mundo exterior. También responde a la manera en que vivimos internamente nuestras experiencias. Nuestros pensamientos, emociones y palabras tienen un impacto sobre él.
Una parte esencial de esa respuesta ocurre a través del sistema nervioso que está constantemente evaluando el ambiente para decidir si estamos a salvo o si necesita prepararnos para responder a una amenaza.
Por eso existe una estrecha relación entre lo que pensamos, sentimos, decimos y hacemos con nuestro bienestar físico y emocional.
Vivimos en una época en la que buscamos prácticas que nos ayuden a reducir el estrés: meditaciones, suplementos, terapias, respiraciones, ejercicios, descansos. Todo ello puede ser de gran ayuda, pero a veces pasamos por alto una herramienta que no cuesta dinero y que tampoco nos exige encontrar tiempo extra en la agenda: La congruencia.
¿A qué me refiero con ser congruentes? A procurar que nuestras acciones coincidan con nuestras palabras.
Si digo que voy a hacer algo, intento hacerlo. Si sé que no voy a poder cumplirlo, lo reconozco. Si no estoy de acuerdo con algo, procuro expresarlo con respeto en lugar de decir que sí cuando en realidad quiero decir que no. Si necesito descansar, intento escuchar esa necesidad en lugar de convencerme de que puedo seguir ignorándola.
Cada pequeño acto de congruencia le comunica algo muy importante a nuestro cuerpo:
"Puedes confiar en mí." Esa confianza permite que el sistema nervioso encuentre condiciones favorables para salir poco a poco del estado de alerta y recuperar la calma.
En cambio, cuando existe una diferencia constante entre lo que pensamos, sentimos, decimos y hacemos, el cuerpo recibe mensajes contradictorios.
Si una y otra vez me digo que mañana empezaré a hacer ejercicio y nunca sucede, no solo estoy dejando pendiente un hábito; poco a poco también voy debilitando la confianza que tengo en mi propia palabra.
Lo mismo ocurre cuando digo "no pasa nada" mientras por dentro me siento profundamente molesta o triste. El cuerpo está escuchando ambas cosas y mantener esa contradicción genera tensión, nos desgasta y, con el tiempo, puede afectar nuestro bienestar.
Por otro lado, cuando pensamos en construir confianza solemos dirigir la mirada hacia afuera: queremos que otras personas cumplan sus promesas, que los demás sean claros, que el entorno responda como esperamos.
Sin embargo, vale la pena hacer una pausa y cambiar el enfoque de la cámara. Podemos preguntarnos:
¿Estoy cumpliendo las promesas que me hago a mí mismo?
¿Estoy siendo fiel a lo que realmente siento?
¿Mis acciones reflejan aquello que digo que es importante para mí?
Sé muy bien que no es fácil mirar hacia dentro. De hecho, resulta mucho más sencillo encontrar aquello que otros no hicieron o señalar aquello que sucede afuera y no me agrada.
Por más incómodo que sea, cuando comenzamos a notar nuestras propias incongruencias nos vamos conociendo mejor. Con ese conocimiento podemos poner en marcha pequeños ajustes que pueden llegar a hacer una gran diferencia en nuestro bienestar.
El objetivo no es ser perfectos. Ser congruentes significa que, poco a poco, nuestras palabras, pensamientos, emociones y acciones empiezan a caminar en la misma dirección.
Agregar congruencia a nuestra vida no solo fortalece el vínculo de confianza en nuestras relaciones, también nos ayuda a crear una relación más segura, amable y confiable con el ser que nos acompañará toda la vida: nosotros mismos.




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