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Lo que un conejo albino me recordó sobre la gratitud

Foto del escritor: Lorena Ayala
Lorena Ayala
26 jun
3 min de lectura

Recientemente platiqué con un conejo albino.


Lo primero que me contó fue lo feliz que es de ser albino porque eso le permite ver muy bien de noche. Me explicó que esa capacidad le da una ventaja sobre otros conejos y que, gracias a ella, ha logrado vivir más tiempo de lo que normalmente viviría un conejo en libertad. Mientras otros pueden ser sorprendidos por depredadores nocturnos, él puede detectarlos con anticipación y mantenerse a salvo.


Sí mencionó que durante el día su vista no es tan buena, pero lo hizo sin prestarle mayor importancia y como si se tratara de un detalle secundario. Me di cuenta de que su atención estaba puesta en aquello que su condición le aporta y no en el desafío que representa.


Esa breve conversación me hizo reflexionar.


Si la misma conversación hubiera tenido lugar con un ser humano, sospecho que habría comenzado de una forma muy distinta. Normalmente consideramos el albinismo como un defecto o una limitación. Probablemente la persona me habría hablado primero de los desafíos, las incomodidades o las dificultades que enfrenta y quizá le habría costado encontrar alguna ventaja.


A menudo hacemos lo mismo con la mayoría de las situaciones que nos presenta la vida.


Ante una circunstancia o incluso una característica de nosotros mismos, solemos dirigir nuestra atención hacia lo que nos falta, duele o incomoda. En lugar de preguntarnos cómo algo nos ayuda, qué nos está enseñando o qué ventajas podría tener, nos enfocamos casi exclusivamente en lo negativo.


Por supuesto, todo tiene sus pros y sus contras. Existen sucesos que simplemente llegan a nuestra vida sin pedir permiso y, aunque no podemos cambiar lo que ocurre, sí podemos elegir en qué nos enfocamos. Esa elección tiene mucho más poder del que imaginamos.


Hace años, cuando emprendí mi camino de crecimiento personal y espiritual, comencé a escuchar sobre la importancia de la gratitud. Muchas personas hablan de ella como una herramienta que ayuda a entrenar al cerebro a enfocarse en lo positivo.


Confieso que al principio no entendí cómo algo tan simple podía traducirse en bienestar o incluso en salud que era lo que yo buscaba principalmente. Aun así, decidí intentarlo y desde hace tres años llevo un diario de gratitud. Con el tiempo descubrí que quienes hablan de sus beneficios no están exagerando.


La práctica de gratitud sí reconfigura el cerebro. Poco a poco se empieza a hacer más sencillo encontrar lo que funciona, lo que le aporta belleza y luz a la vida incluso en los días difíciles.


Lo primero que empecé a observar fue una especie de fe: la sensación de que las cosas buenas seguirán llegando o de que existe algún regalo escondido en cada experiencia.


Más adelante, gracias a la evidencia que esta práctica me permitió acumular, sentí que esa fe se había transformado en confianza. Cuando la confianza se instala, el miedo no deja de aparecer, pero pierde su protagonismo, es decir, ya no domina en la narrativa.


Es normal que el miedo no desparezca por completo porque forma parte de la experiencia humana, pero me consta que se vuelve mucho más manejable. He podido comprobar una y otra vez que toda experiencia aporta algo valioso. El tiempo permite que se revele una ayuda inesperada o un aspecto positivo.


Entonces, me di cuenta de que la fe y la confianza fueron los peldaños que me permitieron acceder a la certeza, una energía aún más poderosa.


La certeza me permite permanecer en calma cuando todo parece caótico o incierto y me recuerda que puedo atravesar los desafíos desde el lugar de la observadora, sin verme arrastrada por ellos.


Definitivamente creo que eso también se traduce en salud al disminuir el estrés y poder permanecer en equilibrio no solo después de una dificultad sino también en medio de ella.


Es importante agregar que la gratitud no significa negar el dolor ni fingir que todo está bien cuando no lo está. La gratitud no nos pide ignorar las dificultades o forzarnos a encontrar una enseñanza antes de estar preparados para verla.


El conejo albino no negó que durante el día su visión era más limitada. Lo sabe y lo reconoce. Simplemente decidió no convertir esa realidad en el centro de su historia.

Desde mi punto de vista, ese es uno de los mayores aportes de la gratitud: nos permite reconocer las sombras sin olvidar que también existe la luz.


La conversación que tuve con el conejo albino fue breve, pero me invitó a recordar que una misma situación puede contener desafíos y bendiciones al mismo tiempo y que aquello en lo que nos enfocamos tiende a multiplicarse en nuestra experiencia.


La gratitud no es una varita mágica que cambie las circunstancias de nuestra vida ni borre nuestros desafíos. Lo que se transforma es uno mismo y la manera de habitar esas circunstancias permitiéndonos descubrir, como el conejo albino, que aquello que parecía una desventaja también puede convertirse en un regalo.


 

 

 


 
 
 

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