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Ser ya es un propósito

Foto del escritor: Lorena Ayala
Lorena Ayala
16 ene
2 min de lectura

Durante una caminata, un arbusto —que al parecer es un tipo de hibisco— me recordó lo importante que es sentir que tenemos un propósito en la vida y, sobre todo, sentir que lo estamos viviendo.


La hermosa planta de la imagen se comunicó conmigo intensificando su aroma, como si quisiera asegurarse de que la percibiera. Al voltear a verla, admiré sus flores, pero lo que más llamó mi atención fueron los insectos —abejorros y abejas— que se alimentaban de los brotes que prometían convertirse en nuevas flores.


Me compartió que le llenaba de orgullo y felicidad poder alimentarlos y contribuir, de ese modo, a la vida de otros seres.


A menudo, los compañeros animales con los que me comunico también me recuerdan lo importante que es, para ellos, tener un trabajo o una función dentro de sus familias humanas. Sentir que no están contribuyendo, o no tener claridad sobre el papel que sus humanos esperan que desempeñen, puede entristecerlos o mantenerlos inquietos.


Por esta razón, en muchas sesiones surge la posibilidad de encomendarles tareas sencillas y significativas: proteger el hogar o a la familia, ejercer liderazgo dentro de la manada, orientar y guiar a los miembros más jóvenes, cuidar plantas, acompañar procesos de enfermedad, ayudar a sus humanos a moverse o ejercitarse, invitarlos a sonreír, desestresarse, despertarlos por la mañana o cuidarlos mientras duermen, entre muchas otras formas de servicio que se dan de manera natural.


Lo importante no es la tarea en sí, sino el efecto que tiene en ellos saber que están contribuyendo. Tener un propósito les da enfoque, los llena de orgullo y de alegría.


Esta necesidad no es exclusiva de animales y plantas; los humanos también sentimos, con frecuencia, el llamado a encontrar un propósito. Vale la pena recordar que ese propósito no tiene que ser algo grandioso o rebuscado, como terminar con el hambre mundial.


Nuestro propósito puede ser algo sencillo: algo que nos permita ser quienes somos, sin máscaras, mientras servimos o contribuimos en la vida de otros. Porque ser —así, sin más pretensiones— ya es una forma de servicio.


Eso fue lo que me recordó este hibisco cuya mera existencia sostiene y alimenta a otros a través de sus dones naturales.



 
 
 

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