Relación entre la sensibilidad y el trauma

Con frecuencia me preguntan si para comunicarse con animales, leer energía o percibir otras realidades es necesario tener un “don especial”. Mi respuesta es siempre la misma: no. Estas son habilidades naturales, presentes en todos nosotros y podemos desarrollarlas si tenemos la curiosidad o la necesidad de hacerlo, de la misma manera que aprendemos cualquier otra habilidad en la vida.
Ahora bien, existe una teoría bastante extendida entre psicólogos y científicos que dice que muchas personas altamente sensibles —empáticos, médiums, canalizadores, psíquicos o sanadores— tienen en común haber vivido uno o varios traumas en la infancia. Esos traumas, como mecanismo de supervivencia, los llevaron a desconectarse de su cuerpo físico y a poner mayor atención en las energías, pensamientos y señales no verbales de los demás para evitar enfrentar otra situación traumática. De esta manera, su percepción extrasensorial se abrió como una forma de protección.
En mi propia experiencia puedo decir que esto es cierto para muchos. Quien sufrió un trauma temprano suele mantener esa percepción abierta, como si hubiera aprendido desde niño a hablar un idioma que se vuelve su lengua materna. Sin embargo, no todas las personas sensibles pasaron por esta experiencia.
Un ejemplo hermoso es el de Suzanne Giesemann, reconocida médium evidencial quien canaliza a sus guías y a personas que ya trascendieron. Ella no tuvo un trauma en su infancia que la hiciera sensible a energías sutiles. Fue ya en su vida adulta, tras la inesperada y dolorosa partida de su hijastra, cuando sintió la necesidad de conectar con ella. Esa búsqueda la llevó a la meditación y a expandir su conciencia. En su caso, no fue el trauma sino el amor lo que la acercó a otras realidades.
Me gusta usar la metáfora de los idiomas para explicar esta diferencia. Quien tuvo un trauma a temprana edad es como un hablante nativo: no necesita esforzarse para acceder a esa percepción, porque está en él desde pequeño. En cambio, quien desarrolla estas habilidades más adelante en la vida es como un adulto que aprende una lengua extranjera: al principio puede costar práctica, pero con interés y constancia lo logra, y su experiencia es igualmente válida y poderosa.
De hecho, estas personas tienen una ventaja: al no haber sufrido traumas que interfieran, suelen contar con un sistema nervioso más estable, una autoestima más firme y menos dudas sobre sí mismas. Su camino puede ser más ligero y disfrutable, como aprender a andar en bicicleta después de quitarse las rueditas: una vez que se logra, fluye con naturalidad.
En cambio, quienes crecimos con traumas tenemos un proceso adicional: el de sanar, limpiar interferencias y volver a habitar plenamente nuestro cuerpo. Es un camino que requiere paciencia y amor propio, pero también nos lleva a integrar nuestras habilidades de una manera más consciente y conectada a la tierra.
Por eso prefiero hablar de “desafíos” más que de “traumas”. La palabra trauma pesa demasiado y puede arrastrarnos al victimismo. En cambio, los desafíos nos recuerdan que esas experiencias difíciles también nos trajeron hasta aquí, a este mundo espiritual y energético, dándonos herramientas valiosas para navegar las olas de la vida.
Al final, lo importante es recordar que todos somos intuitivos, empáticos, sanadores y psíquicos en algún grado. No se trata de ser “más elevados” ni de tener en el currículum más o menos experiencia con el sufrimiento. Como dijo Brian Weiss: “Todos somos médicos del alma”. Lo único que necesitamos es la disposición de volver a conectar con lo que ya vive en nosotros.




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