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Neutralidad y compasión versus juicios

Foto del escritor: Lorena Ayala
Lorena Ayala
20 jul 2025
3 min de lectura

Actualizado: 30 jul 2025

Cuando emprendemos un viaje interno o espiritual y empezamos a tomar conciencia de nuestras heridas y de los patrones que hay detrás de ciertas acciones que no queremos repetir —porque ya no se alinean con quienes somos o deseamos ser—, es común empezar a notar esos mismos patrones o conductas en otras personas y caer en el juicio. A veces incluso sentimos que “vamos más avanzados” que los demás y ellos deberían cambiar o hacer algo diferente.


Una de las cosas más valiosas que he aprendido gracias a mi formación intuitiva es a cultivar la neutralidad, tanto hacia mí misma como hacia los demás. Ser conscientes de lo que queremos transformar es un gran primer paso, pero igual de importante es impregnar esa conciencia de compasión.


Sé que la compasión puede sonar elevada o difícil de mantener y si para llegar a la compasión es importante conocer la neutralidad primero, surgen las siguientes preguntas: ¿Qué significa realmente mantener la neutralidad? ¿Implica ser indiferentes o apáticos ante lo que ocurre a nuestro alrededor o ante los demás? En absoluto, ser neutrales no es desconectarse ni minimizar lo que sentimos; es mantenernos en nuestro centro sin dejarnos arrastrar por lo que ocurre allá afuera. Es como ver llover por la ventana con la tranquilidad de saber que estamos secos y a salvo.


Si algo externo detona en mí una emoción intensa —como tristeza, enojo o frustración—, me permito verlo como una oportunidad para ir hacia dentro y preguntarme: ¿Por qué me está afectando tanto? ¿Qué parte de mí necesita sanar?


Todos en algún momento, hemos juzgado una situación, a alguien más o a nosotros mismos. Y muchas veces, ese juicio viene cargado de una energía que se siente pesada en el cuerpo y que alimenta el conflicto. Además de notar cómo nos sentimos al juzgar, es importante recordar que aquello que notamos en los demás —para bien o para mal— suele estar también en nosotros. Tal vez no lo vemos con claridad, y por eso se manifiesta a través de alguien más.


Es más fácil ver lo ajeno que reconocer lo propio, sobre todo si se trata de algo que consideramos negativo. Cuando caemos en juicio, podemos verlo como una bella oportunidad: si el juicio es negativo, quizá hay algo en mí que puedo transformar; si es positivo, tal vez es una cualidad que también habita en mí y puedo reconocer y celebrar.


El juicio es una conclusión, es decir, un punto final que ya no deja espacio para el aprendizaje ni la expansión. Etiquetar algo como bueno o malo cierra la posibilidad de comprenderlo a mayor profundidad. Por eso, los juicios nos limitan: nos impiden ver más allá de la etiqueta que colocamos.


En cambio, cuando logramos mantenernos neutrales y abiertos, aparece naturalmente la compasión. Vemos con más claridad la luz que hay en nosotros y en los demás.


Cada vez que tengo una sesión y conecto con la esencia de una persona o de sus compañeros animales, tengo el honor de sostener un espacio que para mí es sagrado: lleno de neutralidad y compasión. Agradezco profundamente la confianza que depositan en mí, porque no sólo puedo brindar un servicio, sino que también puedo seguir sanándome a mí misma a través de cada encuentro.


Y si estás leyendo esto y piensas que es muy difícil ser neutral o compasivo en un mundo tan caótico, quiero decirte que estoy completamente de acuerdo. No es fácil.  Ha sido un desafío para mí adoptar estas energías en la vida cotidiana y en la manera que me relaciono con los demás más allá de las terapias que ofrezco. Pero, curiosamente, lo más difícil ha sido aplicarlas conmigo misma.


Aun así, abrazar este reto ha transformado mi manera de relacionarme con los demás. Y tal vez lo que percibo como un cambio en las personas a mi alrededor, no sea más que un reflejo de los cambios que he hecho en mí.


Según las sabias palabras de un maestro del rubro de la espiritualidad: “Mi reflejo en el espejo no va a sonreír hasta que yo lo haga.” O, en otras palabras, nunca voy a ver un cambio allá afuera si no cambio yo primero.


Una frase que me regaló un gran amigo resume todo esto con una hermosa claridad: “La vida no es buena ni mala conmigo, la vida sólo es y yo decido cómo verla.”


 
 
 

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