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La paloma que quería ser libélula

Foto del escritor: Lorena Ayala
Lorena Ayala
31 mar
3 min de lectura

Existen encuentros que llegan sin aviso y muy breves, pero que conmueven profundamente. En mi camino —y también en mi día a día— es común cruzarme con animales que están por trascender. Algunos de ellos me permiten acompañarlos. Hace unos días, una paloma (a la que llamaré Ela) me recordó lo bello que puede ser el proceso y el honor de estar presente en esos momentos.


A Ela me la encontré muy débil, expuesta en la calle y sin poder volar. No se veía herida, pero su cuerpo se veía cansado. Mi esposo y yo decidimos resguardarla en el patio trasero para evitar que quedara vulnerable ante depredadores o autos. Nos tomó un momento ganarnos su confianza y, finalmente, fue mi esposo quien logró sostenerla suavemente mientras yo me comunicaba con ella.


Todavía en sus manos, Ela nos agradeció que le diéramos un espacio para trascender en calma y aunque verla así nos entristeció, recordé algo que los animales me enseñan una y otra vez durante las sesiones de comunicación con ellos: la transición física no siempre se ve “bonita”, igual que un parto tampoco lo es desde los ojos humanos, pero detrás de ese aparente caos, siempre está ocurriendo algo inmenso, amoroso y luminoso.


Repentinamente recordé algo que me dijo una de mis maestras cuando, el año pasado, me preparaba para acompañar la transición de Chiquis, una de mis niñas: “No olvides acompañarla desde tu espacio intuitivo.”


Así lo hice también con Ela, cerré mis ojos para acompañarla energéticamente en su proceso y abierta a recibir lo que quisiera mostrarme más allá de lo visible.


Desde este espacio, Ela me llevó a un lugar de ligereza y alegría y me dijo que ya había decidido qué forma quería adoptar en su próxima experiencia. Le pregunté cuál era y su respuesta me sorprendió: “quiero ser una libélula”.


Le pregunté por qué y me explicó, con la emoción que me recordó a una niña probándose disfraces, que las libélulas tienen una visión panorámica maravillosa. “Voy a ver mucho mejor de lo que veía como paloma”, me dijo. Además, me comentó que le atraía la brevedad de la vida de las libélulas: una existencia rápida que le permitiría mucho movimiento y libertad.


Lo que Ela me estaba compartiendo me permitió sentir que nada es permanente, y cada cuerpo es solo un traje temporal que el alma escoge para explorar.


No sé mucho de insectos, así que después de que Ela trascendió investigué un poco y, efectivamente, su visión es extraordinaria y su vida, breve. Justo lo que me había compartido.


Lo curioso es que muchos animales que ya trascendieron, especialmente los que son compañeros de humanos, a menudo nos platican de lo que están disfrutando actualmente, de los amigos que hacen, o de lo que planean para su “siguiente ronda”. Hasta hoy, ninguno se ha detenido en los malestares físicos que tuvieron al partir. Una vez libres de sus cuerpos físicos, se enfocan en la expansión de su amor y es lo que amorosamente buscan comunicar a sus humanos.


Es un gran privilegio que un animal me elija para acompañarlo en ese momento y agradezco contar con herramientas que me ayuden a percibir más allá de los sentidos físicos porque cuando consideraba que la realidad que nos muestran estos sentidos es la única realidad, pensaba (como muchos) que la transición se trata de un momento profundamente doloroso o incluso traumático.


Ahora sé que la vida no termina: solo cambia de forma. Este conocimiento no evita que las despedidas sean dolorosas, pero nos deja ver que el amor no se acaba porque encuentra nuevas maneras de seguir acompañándonos.



 
 
 

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