Integrando a un nuevo compañero animal a la familia

Integrar a un nuevo compañero animal a nuestra manada es muy parecido a reclutar a un nuevo integrante en un equipo de trabajo que ya funciona bien.
Tras la partida física de dos de mis niñas —como yo les digo— la casa se sintió vacía. Con el corazón abierto, decidimos adoptar a otra compañera para integrarla a la familia. Muchos de ustedes conocen la historia de cómo Mina (antes Kali) llegó a nuestras vidas: fue algo muy mágico. Ella misma se comunicó conmigo, expresó su deseo de venir a nuestra casa e incluso me guio sobre el nombre que quería llevar para que dejáramos de llamarla “la perrita”.
Además de esa conexión tan especial, sabíamos que Mina había pasado por una situación complicada y sentimos el impulso de ayudarla de corazón. Queríamos darle una nueva oportunidad, un hogar y una familia. No nos cuestionamos más allá de eso y le abrimos las puertas de nuestra casa y también de nuestro corazón.
Sin embargo, como algunos ya saben, las cosas no salieron como esperábamos. Mina nos dio muchísimo amor y nosotros a ella, pero nunca logró adaptarse a Chucha ni a Iris. No sólo no trabajó en equipo con ellas, sino que llegó a atacarlas físicamente por estar en competencia. Por fortuna, todo quedó en un susto, pero fue un llamado de atención.
Justo por esas fechas, gracias a una bella sincronía, tuve la fortuna de tomar un curso avanzado de comunicación animal enfocado en familias con varios integrantes y también en refugios donde conviven animales de diferentes especies. Este curso me ayudó no sólo a brindar un mejor servicio a mis clientes en temas de integración y conflictos, sino también a darme cuenta de algo fundamental que había omitido: nunca le pregunté a Mina qué deseaba o esperaba de un nuevo hogar, y aunque sí le avisé a Chucha e Iris que llegaría una nueva integrante, tampoco me detuve a preguntarles qué querían ellas respecto a compartir su espacio y su vida con otra compañera.
El resultado fue caos y estrés. Mina no quería compartir a sus humanos ni sus cosas. Ella necesitaba sanar lo vivido, sentirse a salvo y amada. Además, los ladridos la asustaban mucho, y Chucha e Iris son muy vocales. Por su parte, ellas ya son mayores y no deseaban la energía joven y dinámica de Mina. Lo que esperaban era paz, tranquilidad y un apoyo en sus funciones de cuidar la casa y a su familia humana.
De esta experiencia aprendí que, al integrar a un nuevo miembro en un equipo ya formado, lo ideal es considerar tanto al nuevo integrante como a los que lo recibirán. Es como cuando una empresa abre una vacante: el reclutador entrevista a varias personas y también toma en cuenta la opinión del equipo para elegir quién será la mejor persona para crear sinergia y potenciar el trabajo en conjunto.
Con nuestros animales pasa igual. Aunque sus cuerpos son distintos a los nuestros, en esencia no somos tan diferentes. También tienen personalidades, deseos, expectativas y misiones de vida. Por eso, es importante dar voz a todas las partes involucradas en un proceso tan significativo como la llegada de un nuevo miembro a la familia.
Eventualmente, trabajamos en escuchar lo que Mina quería y esperaba de un hogar. Eso fue clave, porque nos permitió soltar la idea de que nosotros debíamos ser su familia ideal. La dejamos seguir su camino. No fue fácil, claro que hubo llanto y la extrañamos, y ella también tuvo que adaptarse a sus nuevas circunstancias. Pero hoy Mina es feliz como hija canina única en un nuevo hogar, y sus humanas están encantadas con todo lo que ella aporta.
Su paso por nuestra vida no fue en vano. Nosotros aprendimos mucho y, en sus últimos días con nosotros, Mina nos confesó que había venido con una misión especial encargada por Nina, mi niña trascendida que me abrió el camino de la comunicación animal.
Ante situaciones como esta, es normal sentir culpa o estrés, pensando en qué pudimos haber hecho diferente. Pero, como muchos animales me han dicho de distintas maneras, hay ocasiones en las que no existe una respuesta clara sobre cuál es la mejor decisión. Lo importante es elegir con el corazón y, más que la decisión misma, lo que realmente marca la diferencia es la actitud con la que seguimos adelante: no desde el miedo, el remordimiento o la culpa, que sólo nos estorban, sino con la confianza de que, al hacerlo desde el amor, todo se acomodará favorablemente en el momento adecuado.




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