Entre almas: las misiones que compartimos con nuestros animales

Muchas de las personas que se acercan a mí para tener una sesión de comunicación animal sienten curiosidad por conocer la misión o misiones que sus compañeros animales tienen con ellos. En otras palabras: quieren saber por qué se eligieron.
Durante mis conexiones con estos fascinantes seres, a quienes comúnmente llamamos mascotas, pero que yo prefiero llamar guías por la sabiduría que comparten con nosotros, he confirmado algo importante: su complejidad puede ser tan profunda como la nuestra. Ellos también tienen emociones, sentimientos, un cuerpo físico con el que se expresan en este mundo y, sin duda, un alma.
Cuando conecto con esa parte de ellos, es común percibir las misiones que trajeron a esta vida. Me gusta imaginarlos como cuando nosotros planeamos un viaje: “voy a visitar una ciudad desconocida y quiero conocer ciertos lugares, vivir ciertas experiencias”. Al igual que nosotros, los animales llegan a este mundo con varios “destinos”, muchos de los cuales están íntimamente ligados a la forma en que interactúan con su familia humana.
Por un lado, están sus planes individuales. Por ejemplo, pueden querer aprender a ser valientes y, para ello, eligen acompañar a una persona que constantemente se desafía a sí misma y no le teme al cambio. O tal vez desean aprender a ser más sociables o tolerantes, y por eso llegan a una familia donde hay movimiento, visitas y convivencia constante.
Por otro lado, están las misiones que tienen directamente con su familia humana. Estas suelen manifestarse como propósitos compartidos o formas de acompañamiento. Es muy común que deseen proteger, alegrar o incluso ayudar a sus humanos a salir de la mente. Cuando perciben estrés, desconexión o exceso de pensamiento en el futuro, es común que hagan “travesuras” o se “metan en problemas” con tal de traerlos de vuelta al presente.
Hace años, mucho antes de dedicarme a la comunicación animal, recuerdo que una de mis niñas tenía un comportamiento que no me gustaba. Yo lo etiqueté como berrinche. En ese momento, una entrenadora me dijo que no era un berrinche, sino una forma de comunicar algo, y que, en lugar de enojarme, lo observara con compasión.
Su comentario me frustró. Yo me consideraba una persona amorosa y compasiva, y sinceramente creía que sí se trataba de un berrinche.
Varios años después, desde mi perspectiva como comunicadora animal, considero que ambos puntos de vista son válidos y pueden ser ciertos. Sí, a veces nuestros compañeros animales hacen cosas que saben muy bien que no nos gustan para expresar su incomodidad o desacuerdo y eso podría parecer un berrinche. Sin embargo, también es cierto que siempre están comunicando algo.
Es aquí donde las misiones se tornan más complejas, pero desmenuzarlas puede ser sumamente revelador.
En ocasiones, nuestros amigos animales están trabajando a nivel del alma en lo mismo que nosotros y, en lugar de ser nuestro opuesto, pueden reflejarnos desde la similitud. Por ejemplo: “Quiero aprender a ser más paciente, y lo estoy aprendiendo junto con mi humana. Ambas nos irritamos con facilidad, pero entre nosotras hay tanto amor que también practicamos la paciencia”.
No siempre la misión se expresa de forma tan directa o clara. Frecuentemente es sutil y se expresa a través de diferencias muy marcadas en su comportamiento dependiendo de la persona con la que estén.
Puede suceder que con un humano sean reactivos, inquietos o demandantes, mientras que con otra persona sean tranquilos, serenos o incluso pasivos. Cuando esto ocurre, es común que estén reflejando aspectos específicos de la persona con la que interactúan.
Por ejemplo, un compañero animal reactivo en los paseos podría estar acompañando a un humano que también tenga reactividad interna o dificultad para poner límites. Un compañero animal hiperactivo podría estar junto a alguien que tiene dificultad para descansar o relajarse.
Y aquí es importante decir algo con mucha claridad: esto no se trata de señalar, criticar ni asumir que hay algo “mal” en el humano cuyo compañero animal está presentando un comportamiento no armonioso o fuera de balance. No es una relación de causa y efecto en blanco y negro.
Más bien, es una invitación a hacer una pausa antes de reaccionar, antes de enojarnos o frustrarnos con nuestro compañero animal y etiquetar su comportamiento. Démonos la oportunidad de generar un espacio de curiosidad: ¿qué me está queriendo mostrar? ¿qué está intentando comunicarme a través de esto?
Tal vez eso que vemos no solo habla de ellos, sino también de nosotros. Tal vez forma parte de una misión compartida: algo que ellos nos están ayudando a trabajar o algo en lo que nosotros los estamos acompañando a aprender.
Porque si algo he observado una y otra vez, tanto en mi convivencia personal con ellos como en las sesiones que tenemos, es esto: ellos no nos juzgan ni nos critican y mucho menos nos exigen ser distintos; nos acompañan.
En ese acompañamiento, muchas veces están dispuestos incluso a asumir comportamientos que no necesariamente corresponden a su naturaleza con tal de ayudarnos a ver algo en nosotros mismos que nos está costando ver.
Más allá de las etiquetas, lo cierto es que todo tipo de relaciones son fluidas, complejas y cambiantes. Probablemente lo más hermoso que he observado en esta complejidad es que cuando el mensaje es visto y algo dentro de nosotros se acomoda o cambia de dirección, muchas veces el comportamiento de nuestro compañero animal también cambia.
Sin esfuerzo, pleitos ni dramas. Solo desde la comprensión. Al final, quizá no se trata tanto de entender cada misión con exactitud, sino de permitirnos vivir la relación con apertura y presencia, recordando que ellos no llegaron a nuestra vida por casualidad y que en ese encuentro —tan único— se da un intercambio constante de aprendizaje, amor y evolución. Ellos nos acompañan, nosotros los acompañamos y en ese camino compartido, ambos nos vamos transformando.




Comentarios