No es mi mascota ni yo soy su dueño
- Lorena Ayala

- 26 abr 2025
- 3 Min. de lectura
Durante mi capacitación como sanadora intuitiva y energética, aprendí que todo es energía, incluyendo las palabras que usamos. Por eso, es valioso detenernos a considerar algunas de ellas y preguntarnos si realmente expresan lo que deseamos, si cultivan en nuestro espacio la energía que queremos ver multiplicarse en nuestras vidas o si sería mejor reemplazarlas por otras más alineadas con nuestras intenciones.
Por ejemplo, aprendí a sustituir la palabra “problema” por “desafío”. Por lo general, un problema lleva implícito un juicio negativo: algo malo que nos ocurre y sobre lo cual sentimos que tenemos poco control. En cambio, un desafío implica dificultades, sí, pero también sugiere la posibilidad de aprendizaje, crecimiento y transformación. La palabra desafío nos invita a confiar en nuestra capacidad de superarlo.
De manera similar, cuando inicié mi camino como comunicadora animal y comencé a tomar cursos y a leer sobre el tema, me encontré con la propuesta de evitar llamar “mascotas” a los animales con quienes compartimos nuestro hogar. Esta palabra implica una relación de posesión, de pertenencia, y nos lleva a decir también: “yo soy su dueño”.
Sin embargo, cuando convivimos con ellos desde el corazón, nos damos cuenta de que no existe tal posesión ni dominio. Lo que se forma es un equipo, una familia, una comunidad viva donde compartimos vínculos auténticos. Nos ayudamos, nos cuidamos y nos demostramos cariño de maneras únicas.
Recientemente, una gatita me compartió una hermosa reflexión:
"Vista desde lejos, una célula parece una sola entidad. Pero si la miramos de cerca, descubrimos que está formada por diferentes partes, a las que llamamos organelos. En mi familia somos como los organelos de una célula: cada uno tiene su función individual, pero también es importante la armonía y el trabajo en equipo para mantener el equilibrio de la unidad... nuestra familia."
Esta enseñanza me confirma que se siente más adecuado referirnos a ellos como nuestros “compañeros” o “amigos animales”. Sin embargo, en una conversación reciente con una querida amiga —quien trabaja como voluntaria en el rescate de animales y ofrece hogar temporal a varios de ellos— surgió otro matiz interesante. Ella me comentó que la palabra "animal" también puede tener una carga negativa para algunas personas. Desde su experiencia diaria, ha visto cómo ciertos individuos justifican el maltrato o la negligencia bajo la idea de que, al ser “animales”, su valor es inferior al de un ser humano.
Me pareció un punto de vista muy interesante. Después de todo, nosotros también somos animales. Sin embargo, el hecho de diferenciarnos como "humanos" a veces parece darnos permiso de sentirnos superiores.
Espero nunca haber usado la palabra “animal” con esa connotación, porque sinceramente no siento que yo valga más que ellos ni que ningún otro ser humano. Entiendo ahora por qué varios colegas prefieren llamarse “comunicadores interespecies” en lugar de “comunicadores animales”. Tal vez, en algún momento, yo también opte por definirme así.
Por cierto, hablando de la intención... esta también es una energía muy poderosa y vale la pena considerar cuál es la intención que le ponemos a nuestras palabras. Tal vez no se trate tanto de complicarnos buscando palabras perfectas (que, en realidad, no las hay), sino de cuidar la intención con la que las decimos.
Por lo pronto, a mí me resuena más referirme a ellos como “compañeros” o “amigos animales” que como “mascotas”, y seguiré trabajando conscientemente en reemplazar ese término en mi vida diaria porque las palabras no sólo nombran, también crean.
Cuando elegimos conscientemente cómo nombramos a quienes amamos, abrimos nuestro corazón a una forma de convivencia más respetuosa y amorosa. Ojalá nuestro lenguaje evolucione de manera que nuestras palabras funcionen como puentes y no como muros.




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