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El poder sanador de las lágrimas

  • Foto del escritor: Lorena Ayala
    Lorena Ayala
  • 22 abr 2025
  • 3 Min. de lectura

Me siento profundamente honrada cuando alguien se abre emocionalmente conmigo hasta el punto de permitirme acompañarle en su llanto. Las lágrimas tienen un efecto sanador poderoso y sagrado.


En mi línea de trabajo, muchas veces las personas lagrimeamos abundantemente durante sesiones de sanación energética o comunicación animal. No siempre se trata de un llanto emocional; a menudo es el resultado de un cambio en la energía o de la activación del sistema nervioso parasimpático. Esta rama del sistema nervioso autónomo está relacionada con funciones esenciales como la digestión y el descanso, y suele activarse en estados de relajación profunda. Es una respuesta similar al bostezo —de hecho, muchas veces ambos vienen juntos— y son señales claras de que el cuerpo está entrando en equilibrio.


Independientemente de su origen, todas las lágrimas tienen efectos maravillosos en el cuerpo. Lubrican y limpian nuestros ojos, reducen los niveles de cortisol (la hormona del estrés) y estimulan la liberación de oxitocina y endorfinas, promoviendo la calma y el bienestar.


El llanto también nos ayuda a procesar emociones intensas, y no únicamente la tristeza. Conozco personas que sólo lloran de felicidad, y yo, por ejemplo, no nadamás lloro cuando me siento triste, sino también cuando estoy enojada o frustrada.


Aun así, muchas veces se nos ha enseñado que lo ideal es "ser fuertes" y evitar el llanto o ciertas emociones consideradas negativas. Hace apenas unas generaciones, se veía mal que un hombre llorara, y aunque había algo más de tolerancia hacia las lágrimas femeninas, muchas veces se nos tildaba de exageradas, dramáticas o “demasiado sensibles”. Con tal de evitar esas etiquetas, aprendimos a esforzarnos por contenerlas.


También he notado que hay personas a quienes les incomoda ver llorar a otros. Reflexionando sobre esto, pienso que tal vez esa incomodidad surge porque tampoco se sienten cómodos con sus propias lágrimas, ni se permiten sentir la gama completa de emociones que forman parte de la experiencia humana.


En mis sesiones, muchas personas llegan con miedo de llorar. Algunos se disculpan, otros intentan reprimir las lágrimas apenas aparecen. Yo también lo he hecho: pedir perdón cuando el llanto se asoma frente a alguien. Pero, ¿por qué nos disculpamos por algo tan natural y profundamente sanador?


Yo valoro y agradezco cuando alguien se siente lo suficientemente a salvo conmigo como para dejar rodar sus lágrimas sin miedo, sin vergüenza. Como se dice ahora, deberíamos normalizar el llanto. En lugar de verlo como debilidad, podríamos reconocerlo como un acto de valentía, de entrega, de resiliencia. Llorar frente a alguien requiere una gran confianza, y eso es algo que merece ser valorado y agradecido.


Pocas personas me han visto llorar a mí. En parte, creo que antes todavía me influían esas creencias limitantes que asocian el llanto con debilidad. Hoy en día, mis lágrimas son bienvenidas cuando vienen, porque he sentido en carne propia su efecto sanador. Sin embargo, no las comparto con cualquiera; las reservo para personas especiales —y en ese grupo también me incluyo.


Celebro las lágrimas de mis clientes porque sé que detrás de ellas hay alivio, bienestar, una sanación profunda que abarca el cuerpo y el alma. Y, una vez más, porque me honra que me permitan estar ahí, presente, en ese momento íntimo y transformador.


Así que la próxima vez que sientas el llanto venir, no te apenes, no te disculpes, no lo contengas. Déjalo fluir. Las lágrimas son portales de sanación. Y si encuentras a alguien que pueda acompañarte sin juicio, alguien que valore tus lágrimas, siéntete afortunado porque llorar también es amar, confiar y sanar.




 
 
 

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