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Certeza y curiosidad, las dos energías que me llevé de viaje

Foto del escritor: Lorena Ayala
Lorena Ayala
30 sept
4 min de lectura

Recientemente hice un viaje que disfruté mucho y que planeé con bastante anticipación. Tuvo un gran significado en mi vida. Por un lado, quise regalármelo como una celebración de los saltos de fe que he dado en los últimos años y del camino de transformación que, sin querer, emprendí cuando decidí que ya me había cansado de sentirme mal y que quería poner en mis manos mi salud y bienestar.


Por otro lado, tenía ganas de demostrarme que podía volver a hacer algo a lo que hacía algunos años había renunciado. Quería mostrarme que podía enfrentar desafíos como pasar horas en un avión, comer diferente a lo habitual, hacer mucho ejercicio y estar en lugares con mucha gente y muchos estímulos. Hubo un tiempo en el que me mareaba después de una hora en el coche, me sobre estimulaban tareas tan sencillas como ir al supermercado y todo lo que comía me hacía mal, aunque fuera muy cuidadosa con mi alimentación.


En mi interior ya sentía confianza en mi cuerpo físico, en mis herramientas energéticas y en mi capacidad para hacer frente a esas cosas que para otros podían ser parte de la vida cotidiana, pero que para mí representaban grandes desafíos.


Junto con todas las cosas materiales que preparé, me gusta contar que también me llevé en la maleta las energías de la curiosidad y la certeza. Sabía que me estaba poniendo un gran reto por delante y que las cosas no siempre salen como las planeamos, pero estaba determinada a disfrutar el viaje de principio a fin.


Me gusta imaginar la vibración de la certeza como un escudo sólido que no deja pasar el miedo ni la duda a mi campo energético. Considero que las cosas se van a dar justo como necesitamos que se den, independientemente de si nos preocupamos y sentimos miedo o no. Por eso, trato de cultivar esta energía para no desgastarme en preocupaciones, aunque sé muy bien que no siempre es fácil.


El viaje fue un excelente pretexto para ponerla en práctica y, por supuesto, me presentó situaciones que me permitieron hacerlo: antes de viajar, una huelga de maleteros en el aeropuerto y gente preocupada por el equipaje perdido o retrasado; durante el viaje, maletas rotas por los maleteros del barco, una caída aparatosa y, cerca del final, una enfermedad.


¿Mis respuestas?


"Mi equipaje va a llegar bien y a tiempo". Y así fue.


¿Maleta rota? La reportamos y me dijeron que la repararían o la cambiarían por una nueva. Yo, tranquila, con la certeza de que tendría una maleta para regresar a casa. Finalmente, me la cambiaron por una nueva y, debo confesarlo, ¡más grande que la original!


¿Una caída aparatosa? Yo estaba segura de que eso no iba a interrumpir mi viaje. Dos horas más tarde ya andaba de excursión, aunque se suponía que debía descansar la pierna.


Cuando se acercaba el final del viaje, me enfermé. Empecé a sentirme mal y, aunque seguía confiando en que el viaje terminaría bien, sentí que yo solita, con mis herramientas, no lo estaba logrando. Así que pedí ayuda a un colega sanador a distancia y todo bien.


¿Y la energía de la curiosidad? ¿Cómo se aplica?


La veo como una gran aliada de la certeza. La curiosidad nos permite responder con calma ante las situaciones, en lugar de reaccionar con miedo o enojo, por ejemplo.


Cuando me caí, me pregunté: "Qué interesante, ¿por qué habrá pasado esto justo ahora?". Y me di cuenta de que me había estado exigiendo mucho físicamente, caminando, por ejemplo, tres veces más de lo que camino normalmente. Las dos horas que me tomé para atenderme la herida y descansar eran muy necesarias. En realidad, mi cuerpo me estaba pidiendo bajarle al ritmo.


Cuando me resfrié, me pregunté por qué estaba pasando y cómo podía ser algo positivo.


A esas alturas del viaje, que, por cierto, fue en grupo y en el que también tuve varias clases, ya estaba algo cansada de socializar. Quienes me conocen saben que puedo saturarme con las conversaciones. Un buen resfriado marcaba unos límites que, por querer ser amable, yo no estaba poniendo. El resfriado le decía a la gente: "Soy contagiosa, ahorita no te acerques". Y, al igual que la caída, mi cuerpo físico fui mi aliado y me ayudó a darme mi espacio.


Sé que mantener estas vibraciones suena mucho más fácil en teoría que en la práctica, pero, como dice una de mis mentoras: "La intención es muy poderosa".


A veces me basta con imaginar estas energías como un sombrero o una gorra de cierto color y decidir que los llevo puestos mientras hago mis actividades.


Sé que puede parecer demasiado sencillo para ser real, pero los invito a probarlo sin ninguna expectativa, como un juego. Vamos a experimentar y a ver qué pasa.


La vida, con todo y sus dramas, también puede ser así: un campo exploratorio en el que podemos descubrir cosas nuevas y, ¿por qué no?, divertirnos en el proceso.


 
 
 

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